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La dana de hoy, la gota fría de siempre; aprender a prevenir para mañana. Un artículo de Ricardo Díaz Martín, decano del Consejo General de Colegios Oficiales de Químicos de España

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Lo de acordarse de Santa Bárbara cuando truena es propio de la falta de previsión y anticipación a un peligro cierto. Mostrar sorpresa ante sucesos reiterados históricamente en el Levante, con mayor o menor intensidad; denota una irresponsabilidad manifiesta por todos los que tuvieron la oportunidad de implantar medidas correctoras que, de no impedir la catástrofe, pudieran reducir considerablemente la devastación del, conocido y cíclico, fenómeno meteorológico del otoño mediterráneo.
Disponemos de un exhaustivo conocimiento hidrológico del Levante español y, además, existen proyectos hidráulicos sin ejecutar que ayudarían a paliar estos problemas. Por lo tanto, se tiene todo para planificar adecuadamente la gestión integral del agua, su conveniente aprovechamiento y la reducción de los daños por estas típicas y reiteradas precipitaciones tormentosas.
En la discusión científica, hay quienes consideran que estos fenómenos son más intensos debido al cambio climático provocado por el hombre. También hay quienes mantienen una posición más escéptica como consecuencia de la aplicación del método científico de Descartes, por lo que todo lo que no tiene demostración empírica debe ponerse en duda a la luz de la razón. Lamentablemente, el mundo de la ciencia también está influenciado por el ambiente político y la cultura de la cancelación, lo que coarta el deseable y libre debate sobre si la tecnología humana tiene un efecto más causal o casual.
De cualquier modo, unos y otros apuestan por la implantación de medidas preventivas y de minimización de daños que, a futuro y sin duda, producirán estos fenómenos.
De ser cierta la importancia de los gases de efecto invernadero en estos fenómenos, aunque en este momento dejásemos de emitirlos, tardaríamos décadas en restablecer la concentración de CO2 y sería imposible evitar sus consecuencias durante décadas. Así pues, parece meridianamente claro que, mientras avanzamos en la descarbonización de la energía, se impone establecer otras medidas preventivas más urgentes, ante lo que científicamente es inevitable.
Cuando se desencadenan estas lluvias torrenciales, ingenieros hidráulicos e hidrólogos coinciden en que el mayor daño lo produce siempre el golpe de la ola de la avenida de agua y no tanto su subida de nivel. Ese golpe de ola se genera por la liberación de una gran cantidad de agua retenida accidentalmente por obstáculos existentes dentro del cauce (maleza crecida desmesuradamente e incluso sólidos de vertidos incontrolados). Por ello, el mantenimiento y limpieza del medio natural, no sólo evita incendios sino también reduce los daños de este tipo de catástrofes. Por otra parte, la construcción de desvíos, aliviaderos y embalses a lo largo de los cauces evita el golpe de la ola y reduce la velocidad de la subida del nivel de agua rio abajo.
Ricardo Díaz Martín, decano-presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Químicos de España