¿La ciencia puede explicar esa magia que los Reyes Magos traen a nuestros hogares en la noche más mágica del año? ¿Cómo es posible que lleguen a todas las casas del mundo en tan poco tiempo? La respuesta está en los misterios del espacio-tiempo, la velocidad de la luz y los atajos que la ciencia aún está explorando.
Pero más allá de las explicaciones científicas, lo más importante es la ilusión. Esa chispa que ilumina los ojos de los niños y que convierte cada regalo bajo el árbol en un símbolo de esperanza y amor. La Navidad, sin duda, es mucha más Navidad cuando hay niños que la viven con inocencia y asombro.
Como adultos, tenemos la responsabilidad de mantener esa magia viva. No solo para los más pequeños, sino también para nosotros mismos. Sin ilusión y sin esperanza, la vida no es más que ver pasar el tiempo. Vivir con ilusión y esperanza es vivir de verdad.
Cuando dejamos de ser niños, empezamos a asociar el concepto de «magia» a trucos y a engaños. Sin embargo, el mejor significado de «magia» tiene que ver con todo aquello que ocurre y para lo que la ciencia no tiene respuesta. Magia es ese sentimiento que nos conecta con lo extraordinario, con el deseo de creer en lo que no podemos explicar. Los Reyes Magos nos enseñan cada año que la ciencia y la magia no están tan alejadas como podríamos pensar. Al final, ambas buscan lo mismo: abrir puertas a la esperanza, a nuevas posibilidades y alimentar nuestra capacidad de soñar.
El reconocimiento de Dios (Epifanía) de aquellos alquimistas de Oriente, lo llevaron a cabo desde la ciencia (investigación y seguimiento de una estrella), constituyendo la primera manifestación de que la fe y la esperanza trascienden fronteras culturales, sociales y religiosas, uniendo a toda la Humanidad en torno al mensaje universal de Amor y Redención.
Ricardo Díaz Martín, decano del Consejo General de Colegios Oficiales de Químicos de España.